Seré breve. Siempre he sido muy celoso de mi espacio y de mis cosas. No me meo en las esquinas porque fui a una escuela privada, pero no renuncio a hacerlo porque mis dominios son sagrados. Ojito al que ose profanarlos.Ya de pequeñito, si me encontraba esperando el ascensor y algún vecino irrumpía en ese momento por la entrada principal del edificio, me largaba hacia las escaleras para no tener que compartir ese metro cuadrado con su aliento hediondo. No soporto a la mayoría de personas. Me siento invadido. A esa edad era consciente ya del asco que me produce el prójimo, pero todavía no de mi derecho, amparado por la Constitución ‘que nos dimos todos los españoles libremente y bajo ningún tipo de coacción’, a UN ESPACIO PRIVADO.
Con los años, la cosa no ha hecho más que agrandarse. Me encanta ir al Camp Nou y ver que algún turista despistado o algún enchufado sin entrada está ocupando mi asiento para poder mostrarle mi carnet y, sin necesidad de mediar palabra ni de mirar sus sucios ojos, ver cómo se levanta servilmente en busca de un territorio ‘no ocupado’. Lo mismo cuando jugaba a tennis: recuerdo que teniendo pista reservada pongamos que de 4 a 5 me encantaba llegar un minuto tarde para encontrarme a alguien apurando su partido y poder echarlo a gorrazos a media jugada. Eran y son mis derechos, y me excita ejercerlos.
Pero es que esa particularidad de mi carácter va cada vez a más. Ahora cuando espero el ascensor, éste llega, y aparece el vecino tocacojones a lo lejos, hago como que no lo veo y entro rápido cerrándole la puerta casi casi en los morros. Que se joda. Es mi ascensor.
Y lo último y más aterrador: los párkings. Ahí sí que me he convertido en un verdadero hijo de puta. Los que utilizo habitualmente no tienen una plaza asignada; bajo una first-come, first-serve basis, si tienes suerte pillas una buena al lado de la salida, y si no, puedes acabar en la 4ª planta del sótano, haciendo virguerías para poder aparcar bien en una esquina imposible y aguardándote luego 4 pisos de escaleras muy desagradables.
Pues bien, cuando he pillado una plaza buena (soy de los que espero y espero hasta dar con la que busco) y me dispongo al día siguiente a coger el coche para irme a trabajar, NO SOPORTO QUE ME LA COJAN por más que es evidente que en un momento u otro del día me la cogerán. Es grave porque insisto, ‘yo ya me iba’, pero si me dispongo a arrancar y veo algún coche husmeando por ahí cierro el contacto y las luces y me escondo bajo el volante para que el interfecto no detecte mi marcha. Cuando ya ha pasado de largo y veo que se dirige a plantas inferiores, entonces sí, arranco y me voy. ¿Qué se cree el imbécil, que sin esfuerzo va a conseguir el mejor sitio del parking? Y una mierda. ‘Es MI PLAZA todavía, y te lo vas a tener que currar como yo hice la tarde anterior y sino, pues eso, a pringar a la 4ª planta’.
Ése soy yo.




